ASESINO PERFECTO (Tercera Parte)
Eduardo y Andrés continuaron con su atolondrado viaje; sin saber lo que realmente les había sucedido a sus amigos. Sin embargo, tampoco sabían que era lo que había pasado con Pablo, lo único que hicieron fue ignorar todo lo sucedido y se internaron otra vez en un bosque.
- Oye chato, creo que ya falta poco.
- ¿Cómo sabes?
- A mi me dijeron que el final del camino quedaba en un lugar que no está en el mapa, en donde nadie ha llegado, en donde la respiración se te corta y la garganta te sangra.
- En un lugar con cuevas y espinas, con cosas sin nombre, en donde tus dedos se quiebran de frío, y tus labios crujen como cucarachas aplastadas.
- Definitivamente sabes de que estoy hablando.
- Son solo leyendas de los tíos que no quieren que se acerquen a sus tierras.
- No son leyendas, sé que vamos a encontrar algo muy valioso.
- Espero que sí, porque ya muchos problemas nos ha traído este viajecito, no te olvides que… ¿Escuchaste eso?
- No, no escuché nada.
- Cállate, hay alguien siguiéndonos, escuché unos pasos.
- Estás mal chato, creo que ya quemaste.
- Cállate es haya atrás en los árboles.
Eduardo guardó silencio y no pudo oír nada, ambos dirigieron su mirada al lugar que señalaba Andrés.
- ¡Quién anda allí!
- Cállate chato, y si es un oso, quieres que nos elija como su cena.
- No es un oso, es una persona, yo oí sus pasos.
- De repente era un venado, ya deja de alucinar cosas y sigamos caminando, quiero encontrar un lugar más o menos cómodo para pasar la noche.
- Eduardo, alguien nos está siguiendo.
- Andrés no te dejes llevar por el miedo.
- Más que miedo creo que es la culpa.
- ¿Quieres que nos quedemos aquí?
- Creo que es lo mejor, no quiero arriesgarme a que nos pase algo.
- Ya dejémonos de tonterías chato, saquemos la carpa.
La noche fue eternamente larga, Andrés no dejó de oír ruidos extraños, hasta el viento le parecía una amenaza; tal vez era la culpa de haber dejado a sus amigos, tal vez era el miedo a la policía, o simplemente podía tener razón.
- Oye chato no dormiste nada, toda la noche te movías como un gusano.
- Espero que nadie nos esté siguiendo.
- En esta parte del camino ya casi no hay gente, es hasta aquí donde la mayoría ha llegado.
- Si, sé que todos mueren muy cerca de aquí; estoy dudando de haber seguido con el viaje.
- Ya son las seis de la mañana, vamos a buscar nuestro desayuno.
- Está bien, voy a hacerte caso.
Eduardo y Andrés recogieron sus cosas y desarmaron la carpa, luego casi sin hablar entre ellos siguieron con su camino.
- ¡Maldición!
- ¿Qué tienes?
- Te juro que hay alguien siguiéndonos, otra vez oí pasos allá atrás.
- Cálmate chato, no nos desesperemos.
- ¿Qué hacemos?
- Baja la voz, vamos a ocultarnos más allá, si un chistoso nos está siguiendo, vamos a agarrarlo entre los dos.
Andrés asintió con la cabeza y sin hacer ruido se escondieron en unos arbustos.
- ¡Te agarramos maldito! ¡Habla, quién eres!
- ¡Suéltenme, me están lastimando!
- ¿Mariana?, ¿Qué diablos estás haciendo acá?
- Preferí seguir con ustedes, no puedo creer que me hayan dejado allá.
- Perdona, no creímos que querías seguir con el viaje.
- Si ni siquiera me preguntaron Andrés.
- Ya basta de saluditos, habla flaca, ¿Nos echaste con la poli?
- No claro que no, si yo también estoy metida en esto.
- Que bueno, ya me veía entre rejas.
- El que está entre rejas es otro.
- ¿Qué cosa?, especifica bien flaca.
- Cuando estuve en el pueblo, no quise levantar sospechas, así que me metí a una tienda a comprar comida y la gente estaba hablando del asesinato de un pata, me puse a escuchar porque sabía que Sebastián estaba muerto, y la gente decía que ya habían agarrado al asesino.
- ¿Sabías que Sebastián estaba muerto? ¿Por qué?
- Ya Andrés, cállate y deja a Mariana terminar.
- Bueno, después de esto me salí de la tienda y fui a la comisaría y cuando estaba llegando vi cuando dos policías estaban llevando al viejo Pablo.
- No lo puedo creer, Mariana tenías razón.
- Entonces Sebastián está muerto, Eduardo te das cuenta lo que significa eso, nuestro amigo fue asesinado por nuestra culpa y de seguro José también corrió la misma suerte.
- Eso quiere decir Mariana, que no decidiste seguir con el viaje, sino que saliste huyendo de allá.
- Tuve miedo que me echaran la culpa.
- Pero si ya agarraron al viejo loco.
- Pero uno nunca sabe, tal vez miente y nos embarra a nosotros.
- Eduardo tenemos que regresar, ahora si es inevitable.
- Andrés, Andrés, ya es demasiado tarde, tenemos que seguir, no podemos permitir que nuestro sueño se acabe así por así.
- ¿Nuestro sueño?, dirás “tú sueño”, ya no quiero seguir con esto, quiero volver a mi casa.
- Andrés tranquilízate, Eduardo tiene razón, ya muchas cosas han pasado, no dejemos que sean en vano.
- Por primera vez estas de acuerdo conmigo Mariana; entonces muévanse porque es muy posible que a alguien se le ocurra seguirnos.
- Espero que no nos estemos equivocando.
- Eduardo la equivocación ya la cometimos.
Nadie sabía lo que había sucedido realmente, sin embargo los tres muchachos continuaron caminando sin saber hacia donde se dirigían; el mapa se acabo y seguían caminado buscando algo que nadie había visto; pero la codicia era más grande que la razón.
- Voy a buscar algo para comer; tú y Mariana váyanse a buscar por allá.
- Eduardo ¿no crees que sería mejor que no nos separemos?
- No me digas que aún tienes miedo, ahora si ya nada va a pasar.
- Lo que tú digas; pero por favor cuídate.
- OK.
Andrés y Mariana se separaron de Eduardo y se disponían a buscar algo de comida cuando Andrés escuchó algo que le llamó la atención.
- Oíste eso
- ¿Qué? No escuche nada
- Cállate, hay alguien allá en la orilla del río.
- Seguro es Eduardo, debe estar intentando pescar.
- A ver ¡Eduardo! ¡Eduardo! ¡Somos nosotros!
- Acerquémonos más.
- ¡Espera!, no te muevas… ese no es Eduardo.
Mariana se quedó quieta y Andrés la jaló hacia un arbusto para esconderse.
- ¿Chicos? ¿Quién anda allí? Por favor contéstenme, necesito que me ayuden.
- ¡Sebastián!… no lo puedo creer, ¿Dónde diablos has estado?
- No, no puede ser ¿Sebastián? ¿Qué haces aquí?
- No me lo van a creer, han pasado muchas cosas; me perdí en el bosque y después no recuerdo lo que sucedió.
- Ya no importa mi amor, ahora todo estará bien, ya no digas nada, pronto todo esto acabará.
- Vaya que esto es increíble, son casi cinco días que no te vemos, ¿donde estuviste? ¿qué comiste? Casi nos vuelves locos a todos, hasta le echaron la culpa de tu desaparición al viejo Pablo… aguanta, si tú estas vivo, ¿a quién mató el viejo?
- ¡Qué! ¿Pablo mató a alguien?
- No, no, eso dice la gente, pero ahora todo está bien, ya olvidemos todo.
- Mariana estas actuando muy raro, ahora mismo me cuentas lo que pasó; ven vamos a buscar a Eduardo.
- No entiendo nada chicos, no puedo recordar lo que me pasó; Mariana que es lo que está pasando.
Los tres muchachos se quedaron callados y mirándose entre sí, definitivamente algo estaba sucediendo y Mariana sabía de qué se trataba.
- Eduardo, hasta que por fin te apareces.
- Chicos no me lo van a creer, estaba allá por el árbol quemado y… ¡Sebastián! ¡Cuñado donde estabas!
- Hola Eduardo, no me preguntes eso porque no podré contestarte.
- Vaya, vaya y si les digo que yo también tengo algo para ustedes… ¡oye, ven!
- ¡José! Maldición, que diablos está pasando; me voy a volver loco; ahora si ya no entiendo nada.
- Tranquilo Andrés, calmémonos un poco y conversemos para saber que les sucedió a estos señores; sentémonos por acá.
- Bueno Eduardo, creo que Marianita tiene algo que decir.
- Eso no es cierto, yo no sé nada.
- Ahora mismo nos dice porque mentiste acerca del tío Pablo; él no está preso ¿o si?
- No, no está preso, solo les dije eso porque no me iban a creer porque me regresé.
- Y porque te regresaste.
- No lo sé, solo sentí deseos de hacerlo; es como si algo me llamara a venir hasta aquí, no sé explicarlo.
- Okay, okay, dejemos eso, ahora dime Sebas, ¿dónde estabas?
- No lo sé Eduardo, hay algo raro aquí, no recuerdo nada.
- No recuerdas donde estuviste cinco días, eso si que es increíble, tú que dices Andrés.
- No sé loco, ya todo esto me llegó, no entiendo porque se juegan así, no es posible que no se acuerden de nada, y tú José ¿igual?
- Si, creo que sí.
- Maldita sea, alguien diga algo.
- Mira Andrés, yo solo recuerdo la tarde en que me perdí, estaba caminando con Mariana y me quité mi casaca para que ella se abrigue, después no recuerdo nada.
- ¿Tu casaca azul?
- Si la única que traje.
- Nosotros encontramos tu casaca en el río y por eso creímos que te habías ahogado.
- Pero si yo se la di a Mariana, ¿Qué paso mi amor?
- Chicos, este… no me miren así; yo tampoco sé lo que está pasando.
- Mariana habla de una vez ya se me está acabando la paciencia.
- Cálmate Andrés, ella va a decir lo que sabe, Mariana, vamos a hablar los dos solos, me parece que estás muy confundida, ¿estás de acuerdo?
- Si Eduardo, vamos más allá.
- No se alejen mucho, ya va a oscurecer.
Mariana y Eduardo se apartaron del grupo y ella se veía muy afectada, pero más parecía estar asustada.
- Eduardo no sé que decir.
- Mariana sé que no nos hemos llevado bien, pero estamos en otra situación, solo dime lo que pasó y quiero la verdad.
- Es algo increíble.
- Cálmate y dime todo.
- Esta bien, yo…yo… yo maté a Sebastián… no puede ser él quien está allá.
- ¡Que cosa!, que estás diciendo flaca, no puedes haberlo matado.
- Si lo hice, lo hice, cuando él estaba poniéndome su casaca lo empujé al suelo y lo golpeé con un tronco, yo lo vi desangrarse, y dejó de respirar, me quedé un rato hasta que se quedó quieto y luego lo arrastre hasta el río y lo boté allí.
- Estas loca Mariana, no pudiste haberlo matado, seguro no estaba muerto y lo botaste al río todavía vivo; porque lo hiciste ¿estás loca?
- No lo sé Eduardo, él quería casarse conmigo, pero yo no lo amaba, me la pasé mucho tiempo tratando de alejarlo de mí, pero él insistía y además yo sólo vine por el Diamante; le dije que ya no quería estar con él y se puso tan terco que me desesperó.
- Pero ¿tratar de matarlo?, definitivamente estás loca, si querías sacarlo del camino hubieras hecho otra cosa.
- Si lo sé, pero por favor créeme ese no es Sebastián, estaba muerto, muerto, yo lo toque y estaba helado, le rompí el cuello, no puedo haber sobrevivido.
- Pero sobrevivió, y dale gracias a que no se acuerda de nada, pero no creas que esto se va a quedar así, apenas regresemos les voy a decir a todos lo que hiciste.
- Has lo que quieras, pero yo no voy a seguir el viaje con esa cosa, ese no es Sebastián, yo lo sé.
- Entonces quién es, un fantasma.
Mariana se quedó callada, pero en sus ojos el terror se dibujaba, Eduardo la tomó del brazo y se la llevo hasta donde estaban los demás.
- Que fue Eduardo, que te dijo la flaca.
- Esta tocadaza, ya ni sabe lo que dice, no le hagas caso y hagamos como si nada hubiera pasado.
- ¿Vamos a seguir con el viaje?
- Claro loco, no te pongas en ese plan ahora; piénsalo, ya todo se arregló ya aparecieron estos dos y podemos continuar sin remordimientos.
- Si no, que se le va a hacer.
- Pero primero déjame ver algo; oye Sebastián ven para acá.
- ¿Que pasa Eduardo?
- Nada, solo quiero revisarte para ver como estás.
- ¿Revisarme?, no seas payaso, estoy bien, además tú no eres médico.
- No te pongas así, solo me preocupe un poco por ti.
- Déjalo así Eduardo, y continuemos con el viaje.
- Pero estás bien Sebas, seguro.
- Si, vamos nomás.
La actitud de Sebastián y Mariana era muy extraña y ya casi nadie confiaba en nadie, a estas alturas ya ni siquiera se acordaban de la razón de su aventura.
- Oye loco, a que no sabes que me contó la flaca de Sebastián.
- Que cosa, está metida en algo raro, no.
- Puedes creer que me dijo que había matado a Sebastián.
- ¡Qué! No puede ser, está loca.
- Si de seguro ya quemó, pero en fin le dije que no diría nada hasta que regresemos a la ciudad.
- Oye esto esta peligroso, hemos estado viajando con una asesina en potencia.
- Si pues, pero esta traumadaza, porque dice que ese no es Sebastián; no te digo que esta tocadaza.
- Que cosa, no entiendo nada, ¿a qué se esta refiriendo?
- Bueno, ella dice que Sebastián estaba frío, tieso o sea recontra muerto; y que este es un “fantasma”.
- Que miedo oye, eso si que es raro.
- Solamente esta loca, y ya no sabe que inventar para que no la echemos con la policía; no le hagamos caso y sigamos como si nada hubiera pasado.
- OK.
